DE BUSH A TRUMP: DE LA GUERRA CONTRA EL TERRORISMO A LA “GUERRA COMERCIAL”

INTRODUCCIÓN

Aunque formalmente la mal llamada “guerra comercial” de Estados Unidos contra China fue desatada por el presidente Trump en marzo de 2018, los antecedentes de la misma se pueden descubrir en fecha tan lejana como 1992 durante el gobierno de George Bush padre. Como casi siempre ocurre, tras los aparentes objetivos que encara una acción de política internacional de Estados Unidos, se ocultan otros que develan el verdadero trasfondo del asunto.

Después del 11 de septiembre de 2001, cuando se realizaron una serie de actos terroristas en Estados Unidos, se produjo una redefinición de objetivos de política exterior de ese país que ahora se agrupaban en torno al eje de lucha contra el terrorismo que había instaurado el presidente George W. Bush. A partir de ello, Washington se propuso combatir los grupos terroristas, aislar a los llamados “Estados canallas” y establecer gobiernos leales en Asia Occidental. Eso significó un redireccionamiento de la asignación de recursos financieros destinados al gasto militar para cumplir estas metas. Según Michael T. Klare, en realidad el objetivo real era la utilización prioritaria de todo tipo de fondos para costear el despliegue combativo de las tropas y utilizar la economía para contener a China (Klare, 2006).

Como se dijo antes, en 1992, cuando ya había desaparecido la Unión Soviética y no existía el campo socialista, en Estados Unidos se había enunciado la “doctrina de dominación permanente” (DDP), que no establecía con claridad cuáles iban a ser los rivales de la potencia norteamericana una vez eclipsado el mundo bipolar. Los analistas y estrategas no se ponían de acuerdo, ni siquiera visualizaban con precisión cuáles iban a ser las características del nuevo sistema internacional ahora que la guerra fría había fenecido. La DDP había tenido su apogeo en los últimos años del siglo XX cuando se buscaba una definición para el enemigo principal en la nueva etapa que comenzaba.

La última década del siglo pasado fue expresión de una desorientación de los decisores de Estados Unidos, un ambiente de caos permeaba las esferas de poder con respecto a la resolución de estas definiciones estratégicas claves. Aparentemente el único instrumento que aportaba ciertas precisiones era la DDP, que establecía que se debía prevenir el resurgimiento de un nuevo enemigo estratégico que apuntara hacia la obtención de poder global o que le significara una competencia desmedida a Estados Unidos. Esta percepción fue incluso rechazada por algunos de sus aliados porque su aplicación iba a evidenciar el carácter imperial de la potencia norteamericana, lo cual hacía sentir temor no solo en los posibles enemigos, sino que sobre todo se hizo patente en las capitales europeas, en Japón y para otros socios de Washington en el planeta. Bush padre se vio obligado a suavizar la propuesta.

LOS PROLEGÓMENOS DEL CONFLICTO DURANTE EL GOBIERNO DE GEORGE W.BUSH

Pero ya en el siglo que comenzaba las acciones terroristas del 11 de septiembre cambiaron esa apreciación, permitiendo que la DDP se hiciera carne de los altos mandos políticos y militares de Washington. En ese contexto, las dudas sobre quién sería el enemigo de Estados Unidos en el próximo período se habían aclarado, los estrategas habían determinado que la única potencia que tendría capacidad de retar a Estados Unidos era China.

Así lo hizo saber en reiteradas ocasiones Condoleezza Rice desde antes incluso de haber sido nombrada Consejera de Seguridad Nacional al comenzar el gobierno de Bush, en enero de 2001. En el año 2000, mientras ostentaba el nada pomposo cargo de asesora de política exterior del candidato a la presidencia, Rice alertaba con insistencia acerca de la necesidad de contener a China sobre la base de que ineluctablemente en su desarrollo, el gigante asiático disputaría los intereses trascendentales de Estados Unidos. En este sentido, esbozaba un irremediable choque de voluntades en primera instancia en Asia-Pacífico, sobre todo si Estados Unidos persiste —como debía hacerlo, según ella— en reforzar su alianza estratégica con Taiwán.

Rice, quien posteriormente sería nombrada Secretaria de Estado, estableció su interés primordial en este asunto, advirtiendo que Estados Unidos no se enfrentaría a un rival tradicional, sino a uno que en primera instancia aspiraría por el poder regional, para lo cual, si quería enfrentarlo, la potencia norteamericana debía fortalecer la cooperación con Japón y Corea del Sur, incrementar su presencia militar en la región y apostar al fortalecimiento de India a fin de generar una situación de equilibrio estratégico en Asia, transformando a este último país en el principal socio de Estados Unidos en el objetivo de construir una alianza contra China (Klare, 2006).

Precisamente, el asunto China vendría a ser elemento clave de la dimisión del general Colin Powell como secretario de Estado y su sustitución por Rice en enero de 2005 al comenzar el segundo período presidencial de Bush (Bustelo, 2004). Lo cierto es que lo que se podría denominar doctrina Rice respecto de China ha tenido continuidad y profundización durante los gobiernos posteriores, tanto el del demócrata Barack Obama como el del republicano Donald Trump. La entronización de Rice vino a dar fin a una suerte de acercamiento amistoso entre Estados Unidos y China durante el período 2001-2004 cuando, a raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001, ambas potencias colaboraron en la lucha contra el terrorismo.

Susan Rice vuelve nuevamente a la palestra de la mano de Joe Biden, que la ha seleccionado como embajadora en la ONU.(Foto: Getty Images)

Como Consejera de Seguridad Nacional, Rice se había abocado en forma desenfrenada a aplicar sus preceptos en materia de política exterior, disolviendo cualquier tipo de posibilidad de distensión y acercamiento pacífico y cooperativo entre potencias, no solo respecto de China que es el caso que nos convoca en esta ocasión y para lo cual procedió con especial dedicación y firmeza, también en el afán de torpedear cualquier mecanismo de control de armamento con Rusia que con gran esfuerzo había logrado construirse en medio de la guerra fría y el mundo bipolar. 

Era tal la obsesión de Rice en estos temas que incluso se le ha acusado de descuidar otros asuntos, entre ellos el muy importante y trascendental de la lucha contra el terrorismo que produjo las acciones del 11 de septiembre, ante el cual las autoridades estadounidenses menospreciaron las alertas y no evitaron el hecho. Richard Clarke, quien fue coordinador de la lucha contra el terrorismo de la Casa Blanca, aseguró ante la Comisión que investigó los atentados del 11 de septiembre en Washington y Nueva York que “…su tarea había sido una prioridad para el gobierno de Clinton, pero no para el de Bush y que este ignoró la amenaza que suponía Al Qaeda hasta que los atentados del 11-S le abrieron bruscamente los ojos” (El País, 2004).

La guerra contra el terrorismo significó un punto de inflexión en la política exterior de Estados Unidos, con ella quiso exponer que la utilización de la fuerza sería el “elemento ordenador” de un sistema internacional al que se le pretendía dar carácter unipolar mediante el uso de ese expediente. Si bien el epicentro de las acciones se desarrolló en Afganistán desde ese mismo 2001 y a partir de 2003 en Irak, indirectamente se le estaba mandando un mensaje a China y a Rusia.

En el contexto, China aprovechó este período de “distracción” de Estados Unidos en el que este jugaba a la guerra para intimidar al planeta y sembrar el terror como arma a fin de que nadie osara retar su poderío. Mientras esto ocurría, el gigante asiático llegaba al punto cúlmine de la segunda etapa del plan diseñado para llevar adelante la política de reforma y apertura que se caracterizaba por un proceso de industrialización gradual y ampliación de la apertura al exterior en el que el eje del desarrollo se trasladó del espacio rural al urbano. Asimismo, se produjo una descentralización de los poderes y una mejor redistribución de los resultados de los éxitos económicos y sociales a través de transferencia de responsabilidades a actores privados, dando mayor protagonismo a los gobiernos locales en detrimento de la centralización excesiva del pasado reciente (Wang, S.F.).

En el plano global, la intencionalidad de Estados Unidos era aprovechar las acciones terroristas de dudoso origen que se realizaron el 11 de septiembre de 2001 en New York y Washington para concretar la construcción de un Nuevo Orden Mundial, que no había podido ser verificado tras la desaparición de la Unión Soviética y el fin del mundo bipolar en 1992. La década transcurrida desde entonces había sido de caos y desorden mundial sin que Estados Unidos hubiera podido imponer su hegemonía. Esta corta etapa dio paso a una nueva iniciada en 2002 en la que Washington intentó establecer la teoría del “caos constructivo” con el objetivo de afirmar su hegemonía. Fue el momento de la guerra en Irak, la parte final y decisiva del conflicto en Yugoslavia y la invasión israelí a Líbano (Shueibi, 2012).

Como se dijo antes, la salida del general Powell del Departamento de Estado en 2005 significó un cambio trascendental para las relaciones sino-estadounidenses. Rice tenía gran sintonía con Donald Rumsfeld, el secretario de Defensa. Rumsfeld formaba parte del “Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense”, un think tank ultra conservador creado en 1997 con el objetivo de impulsar el liderazgo mundial de Estados Unidos a partir de una doctrina de disuasión mucho más ofensiva. Una vez llegado al Pentágono en 2001 comenzó a poner en práctica esta idea que había sido elaborada de la mano de teóricos de extrema derecha vinculados al partido republicano como William Kristol, Paul Wolfowitz, Francis Fukuyama, Richard Armitage, Dick Cheney, Robert Kagan, John Bolton, Zhalmay Khalilzad, entre otros.

De manera que la sintonía entre Rice y Rumsfeld fue inmediata. De esta manera, Rumsfeld se abocó a “demostrar el peligro” que significaba lo que denominaba el militarismo chino, alertando en el sentido de que esto era expresión primaria de una amenaza a la paz y la seguridad regional (Rumsfeld, 2006).

Pero no solo fueron palabras. Como recuerda Klare, en febrero de 2005, Rice y Rumsfeld realizaron un encuentro en Washington con altos funcionarios japoneses con los que firmaron un acuerdo de cooperación en materia militar. En el documento denominado “Declaración Conjunta del Comité Consultivo EE.UU.-Japón” se proponía aumentar la colaboración entre los dos países en áreas conflictivas de los mares adyacentes a China. De la misma manera, ambas parte discutieron y convinieron una política respecto de Taiwán que incluso establecía una hipótesis de actuación conjunta en caso de que la isla declarara su independencia (Klare, 2006). Por supuesto, este ambiente belicista desató las alarmas en China que siempre ha observado con preocupación la posibilidad de una remilitarización de Japón que Occidente ha estimulado subrepticiamente y que en el caso de China recrea los terribles acontecimientos violatorios de los derechos humanos que acometieron en forma masiva las tropas japonesas durante su ocupación de una parte del territorio chino desde 1931 hasta 1945.

En este punto, resulta interesante la reflexión con mirada opuesta que hace Henry Kissinger sobre la coyuntura. El hoy nonagenario pero siempre presente exsecretario de Estado durante los gobiernos de Richard Nixon y Gerald Ford opinaba que Jiang Zemin (1993-2003) era el último presidente de China con el que Estados Unidos dialogaba primordialmente sobre las relaciones bilaterales. Después de él —siempre según la observación de Kissinger— ambas potencias llegaron a tener puntos de vista colaborativos, lo cual fue posible a pesar de no tener un enemigo en común[1] como en el pasado, pero afirma que tampoco “han desarrollado hasta hoy una idea conjunta del orden mundial” (Kissinger, 2013, p. 501).

                                 Richard Nixon y el primer ministro chino, Chou En-lai, en Shanghai, 1972.(Foto: AP)

El análisis del también exconsejero de Seguridad Nacional ubica el nacimiento del nuevo milenio como el momento que marcó el inicio de una nueva relación entre los dos países. En China, habían llegado al poder el presidente Hu Jintao y el primer ministro Wen Jiabao, dirigentes de la “cuarta generación”, mientras que en Estados Unidos lo hacía George W. Bush primero y Barack Obama posteriormente.

En el último capítulo antes del epílogo de su libro China, publicado en 2013, Kissinger pone el acento en describir a los líderes de los dos países haciendo énfasis en aquellos aspectos donde había comunidad de ideas, resaltando asimismo el papel de los dos dirigentes chinos como portadores de un nuevo concepto en el que su país no se sentía limitado por estar en una fase de aprendizaje respecto de la “tecnología y las instituciones occidentales”. Apunta que en esa medida gobernaron un país que consideraba tener la fortaleza suficiente para rechazar las recomendaciones de Estados Unidos sobre la reforma y hasta burlarse con sutileza de ellas.

Así, todo marchaba aparentemente bien en las relaciones bilaterales, las acciones terroristas del 11 de septiembre —como se dijo antes— fortalecieron las posiciones comunes hasta que se comenzaron a manifestar diferencias en los puntos de vista de cada uno en materia de orientación geopolítica, lo cual se exteriorizó sobre todo en los temas económicos y en la visión acerca de la proliferación de armas nucleares en la República Popular Democrática de Corea.

Este es el escenario en el que se produce el cambio de disposición que pone sobre el tapete la necesidad de Estados Unidos de contener a China. La potencia norteamericana comenzó a percibir que el gigante asiático ya poseía un poder de enorme influencia regional a través de la cual retaba la superioridad estadounidense en el área. Veía con horror que China avanzaba hacia transformaciones profundas desde el punto de vista estratégico, táctico, operativo y logístico en la estructuración de sus fuerzas armadas, sobre la base del logro del auto abastecimiento en matera de armamento, equipos y tecnología.

De ahí que el tándem formado por Rice (en términos político-diplomáticos) y Rumsfeld (desde la perspectiva militar) construyeran el eje sobre el que se inició la transformación de China en enemigo principal en el escenario político de cara a una mirada estratégica global para el siglo XXI. Sin embargo, cualquier analista militar serio podía determinar que ese supuesto crecimiento exagerado y acelerado del potencial militar chino distaba mucho del de Estados Unidos, incluso todavía hoy, casi 20 años después, el espacio entre ambos sigue siendo monumental. De ahí que para muchos analistas se hizo necesario buscar las causas reales que permitieran entender por qué se comenzaba a asumir el “peligro chino” como principal amenaza para Estados Unidos.

La respuesta puede encontrase en el ámbito de la geopolítica. La ampliación de las relaciones de China en su entorno mediato e inmediato, el acercamiento amistoso a tradicionales aliados de Estados Unidos en la región como Tailandia e Indonesia, así como la mayor presencia de China en Asia Central y sus vínculos crecientes con países de gran producción petrolera y gasífera de Asia Occidental contribuyeron a esta mirada. En paralelo, la administración Bush se “distraía” en hacer su mayor esfuerzo en las guerras en Afganistán e Irak y en el control político de esas regiones. Visto todo esto de conjunto con mirada de guerra fría, era posible visualizar un enfrentamiento con China que despertó las alarmas en Washington.

En el análisis, se vislumbraba la siempre presente “Teoría del Heartland” enunciada a comienzos del siglo XX por el geógrafo británico Halford Mackinder, quien afirmó que la potencia que controlara el Asia Central dominaría el mundo (Arancón, 2013). Esta hipótesis se imbricaba con la idea de Zbigniew Brzenziski, de quien, a pesar de ser asociado al partido demócrata y por tanto despreciado en los círculos de poder del gobierno republicano, se asumía su postulado que refería la necesidad de expansión de la presencia de Estados Unidos hacia oriente hasta llegar a las fronteras con China (Klare, 2006).

He aquí algunas de las causas del esfuerzo anti-chino de la administración Bush que llevaron a Rice a la secretaría de Estado, bajo la necesidad de unir energía y voluntad en el objetivo supremo de construir esa coalición contra Beijing que incluyera a India, Japón, Australia y la República de Corea. Por  supuesto, todo esto iba acompañado con un creciente armamentismo, el aumento del presupuesto del Pentágono y las agencias de seguridad y espionaje. En realidad, podría decirse que este es el verdadero trasfondo del asunto. Finalmente, y no por ello menos importante, convertir a China en el enemigo principal era un gran negocio para el Complejo Militar Industrial estadounidense.

El énfasis fue puesto en el desarrollo de la Armada, el componente de ataque más importante de las fuerzas armadas de Estados Unidos si se considera que la ofensiva es su primordial tipo de combate. El desarrollo de fuerzas de tarea alrededor de los portaaviones estuvo en el centro del quehacer de los teóricos y de los altos mandos militares.

En términos castrenses, ello significó la articulación del entramado de bases militares y navales de Estados Unidos en Japón, Corea, Filipinas, el Pacífico y Australia, todo con el objetivo de “cercar” a China. Rice hizo un gran esfuerzo por incorporar a India a este conglomerado, toda vez que este país se encontraba vetado por el Congreso de Estados Unidos por su negativa a suscribir el tratado de No Proliferación Nuclear. Para lograr este objetivo, el propio presidente Bush se abocó a solventar las dificultades proponiendo y logrando con India un programa de desarrollo de armamento nuclear  apoyado por Estados Unidos que permitiría burlar el impedimento parlamentario (Elmundo.es, 2006).

Así, Estados Unidos comenzó a construir una telaraña terrestre y naval alrededor de China en sus límites orientales, occidentales y meridionales, considerando que su frontera norte comenzó a estar “resguardada” por la creciente relación con Rusia que tuvo un punto cúlmine con la creación de la Organización de Cooperación de Shanghái en junio de 2001 (antes de los atentados terroristas del 11 de septiembre) y que significó una nueva alerta para Estados Unidos en tanto que el siglo que comenzaba auguraba novedosas variantes geopolíticas que se alejaban del control de Washington.

En un primer instante, la disputa de los espacios cercanos a China no parecían inquietar a sus vecinos que pensaban que era posible mantener una dualidad de relaciones: política, diplomática y militar con Estados Unidos y económica con China, cuyos planes iniciados en 1978 bajo la consigna de reforma y apertura comenzaban a dar frutos que se manifestaban en su progresivo desarrollo económico, comercial y tecnológico, además de una gradual capacidad financiera y de intercambio comercial que ya no podía ser obviada por ningún país de la región y del mundo. En este ámbito, Estados Unidos comprendió que iba a tener que enfrentar un nuevo desafío en términos de la competencia científica y tecnológica que hasta el momento había dominado sin contratiempos. Y entendió que la única posibilidad era hacerlo con los dos instrumentos de poder que seguía manteniendo con superioridad absoluta: el militar y el cultural.

La armada de la República Popular Chian organizada para defender su espacio de proyección marítimo.(Foto: VCG / VCG)

Beijing palpó lo que estaba ocurriendo y quiso mandar un mensaje de tranquilidad a Estados Unidos y al mundo. A través de Zheng Bijian —uno de los intelectuales más prominentes, quien había fungido como asesor del Consejo de Estado y de las más altas autoridades chinas y que había sido vicepresidente de la Escuela del Partido Comunista de China cuando el actual líder Hu Jintao era su máxima autoridad—, hizo saber la preocupación del Gobierno chino respecto del escalamiento del conflicto que germinaba (Tamames, 2008). En un artículo publicado en Foreign Affairs (Zheng, 2005) Zheng afirmaba que China se proponía forjar su desarrollo a través de medios distintos a los conocidos.

La propuesta de Zheng se sustentaba en la búsqueda de un nuevo orden internacional a partir de “reformas graduales y la democratización de las relaciones internacionales” comenzando con un ascenso pacífico sustentado en cuatro estrategias: en primer lugar, lograr la trascendencia nacional sobre la base de una industrialización de alta tecnología, elevada eficiencia económica, bajo consumo de recursos, reducida contaminación y pleno aprovechamiento de los recursos humanos (Tamames, 2008).

En segundo plano, el investigador chino plantea que:

China no seguirá el camino de Alemania, que llevó a este país a la Primera Guerra Mundial, ni el de Alemania y Japón, que desembocó en la Segunda Guerra Mundial, cuando estos países se dedicaban a expoliar recursos y luchar por la hegemonía. China tampoco seguirá la vía de las grandes potencias que compitieron por el dominio del mundo durante la guerra fría (Citado por Kissinger, 2013, p. 513).

Como tercer aspecto, la propuesta expone que China superará sus anticuados métodos de administración para lograr un mejor equilibrio entre todos los estamentos de la sociedad y hacer más sostenible y fluido su desarrollo. Finalmente, asegura que el quehacer global de China no se desplegará a partir de juegos suma cero, sino ganar-ganar, a fin de que todos se beneficien (Tamames, 2008).

El artículo de Zheng fue replicado por Robert Zoellick, quien a la sazón era subsecretario de Estado para Asuntos Económicos y de Agricultura y había sido Representante de Comercio de Estados Unidos, cargo a través del cual aupó las negociaciones para llevar a China a la Organización Mundial de Comercio. En una comparecencia en el Comité Nacional de Relaciones entre Estados Unidos y China —una organización sin fines de lucro con sede en New York, que promueve el acercamiento entre los dos países—, Zoellick pronunció un discurso que parecía bajar las tensiones fabricadas por el dúo Rice-Rumsfeld. Esto hizo evidente que al interior del Gobierno de Estados Unidos había dos fuerzas que, si no estaban opuestas antagónicamente, al menos manifestaban de forma abierta miradas distintas de cómo manejar las relaciones con China.

En el contexto, observado desde afuera, lo que se percibía era una actitud obsesiva de Estados Unidos respecto de China, lo cual auguraba una nueva era de bipolarización, siempre y cuando China aceptara el reto de encarar un conflicto en el que Washington creía que el único responsable era Beijing. En una clara provocación, muy alejada de la práctica diplomática, pocos días antes de su viaje a China en noviembre de 2005, durante una estadía en Japón, el presidente Bush hizo un llamado a la democratización de China, poniendo a Taiwán como ejemplo de sociedad libre. El Gobierno chino se mantuvo inmutable, recibió la visita de Bush, pero cuando este —ya en territorio chino— repitió su diatriba de alabanza a la democracia occidental el presidente Hu Jintao expuso que: “En el futuro, continuaremos teniendo en cuenta las condiciones nacionales chinas, seguiremos los deseos del pueblo chino y desarrollaremos políticas democráticas con características chinas, elevando sin cesar el nivel de los derechos humanos de la población” (Reinoso, 2005).

El colofón de esta escalada del conflicto llegó durante la visita del presidente Hu a Washington en abril de 2006. El protocolo de la Casa Blanca aceptó sin contemplaciones la presencia en la rueda de prensa de una periodista de la secta Falun Gong que tiene una inveterada práctica en contra del gobierno chino. En esta ocasión dicha reportera increpó al presidente chino en presencia de Bush. En el mismo evento se anunció que se tocaría el himno de la República de China (nombre que Taiwán se da a si mismo) en vez del de la República Popular China. El propio Bush se comportó públicamente de forma poco cordial e inamistosa con su colega chino (Tamames, 2008). Las diferencias estaban tomando un curso superior en términos del conflicto. 

LOS DEMÓCRATAS CAMBIAN LA FORMA, NO EL CONTENIDO. GOBIERNO DE BARACK OBAMA

Esta situación no varió mucho en los últimos años del gobierno de Bush. En 2008, además del triunfo electoral que llevó a Barack Obama a la presidencia, se desató la crisis financiera en Estados Unidos y Europa. El nuevo gobierno se vio abocado a enfrentar el gran problema que significaba el hundimiento de los mercados y la quiebra de la banca. Aunque China no salió indemne del apuro, su economía demostró estar mucho mejor estructurada para enfrentar esta situación. En este sentido, la crisis fue un nuevo “empujón” para que China siguiera reduciendo la distancia (aún enorme) entre su economía y la de Estados Unidos y Europa.

El gobierno de Obama comenzó bajo la estrategia del “compromiso”, a través del cual el persistente reclamo estadounidense sobre la situación de los derechos humanos en China pasó a un segundo plano, lo que parecía ser el allanamiento del camino hacia la búsqueda de sostener un diálogo bilateral constructivo. El presidente estadounidense llegó a afirmar que “para Estados Unidos, la ‘relación bilateral más importante en el mundo’ era la mantenida con China” (Chellaney, 2010, p. 70), poniendo el centro de la política bilateral en los asuntos de seguridad, financieros y comerciales con Beijing. Chellaney apunta que el eslogan acuñado por el secretario de Estado adjunto James Steinberg en relación con China era de “tranquilidad estratégica” (Ibíd).

Pero esta “tranquilidad” comenzó a revertirse en 2010 dando inicio a una política de “Reaseguramiento Estratégico” para la cual Estados Unidos empezó a aglutinar aliados. Obama hizo un viaje a Asia a finales de ese año para visitar Japón, Corea del Sur, India e Indonesia. Su nueva doctrina pretendía agrupar socios que hicieran presión sobre China para que esta diera garantías de que su creciente poderío y presencia en la región y en el mundo no se iba a desarrollar a costa de otros países.

El primer ministro japonés Yukio Hatoyama y Barack Obama conversando en 2010.(Foto: The White House)

Según López Villafañe (2012) esta nueva estrategia puso fin a décadas de gobiernos estadounidenses de ambos partidos que aceptaban que China jugara un papel relevante en pro de la paz mundial, así como un orden en Asia favorable a los intereses de Washington. Asimismo, esta nueva política conducía a reponer el papel protagónico de Estados Unidos en la región dándole apoyo a sus socios y aliados y la confianza de que no serían abandonados.

En 2011, la administración Obama ejecutó un cambio trascendental de su política hacia China al adoptar una nueva estrategia militar en la región Asia-Pacífico que ahora pasaría a llamarse Indo-Pacífico. Básicamente, consistía en dar continuidad a las decisiones del gobierno anterior incrementando la presencia de sus fuerzas armadas alrededor de China, pero dándole un mayor protagonismo a Australia y a India. Se trababa de preparar el ataque contra lo que se consideraba la principal debilidad de China: sus carencias energéticas. A pesar de que Beijing ha hecho importantes inversiones y acuerdos para garantizarse un mayor suministro desde Rusia y Asia Central, sigue siendo deficitaria en esta materia, lo cual atenta en contra de la ejecución de sus grandes proyectos de desarrollo económico.

La vía marítima continúa siendo prioritaria, Estados Unidos lo sabe, la nueva doctrina de Obama denominada de “Pivote asiático” apuntaba a hacer un despliegue de instalaciones militares y medios de combate para impedir y/o limitar el abastecimiento energético de China por vía marítima en caso de un escalamiento del conflicto. Por esto es que el siglo XXI va a estar marcado por la conflictividad militar y sobre todo naval en los mares adyacentes a China. Desde la perspectiva estadounidense, de ello depende el mantenimiento de la hegemonía estratégica global de Washington en el mundo.

Este nuevo enfoque, considerado por Estados Unidos un giro estratégico de su política exterior, a fin de poner como primer objetivo en su mira de ataque a China, surge del enfoque del ya mencionado MacKinder, quien afirmó que Rusia primero y después China serían “potencias pivote” que amenazarían la hegemonía mundial de Occidente y de Estados Unidos (Engdahl, 2012). De esta manera, Washington se desprendía de la visión geopolítica que había cubierto su quehacer internacional por los últimos 20 años que ponía el énfasis en Asia Occidental y el norte de África como epicentros de su política exterior.

En noviembre de 2011, Obama realizó una vista a Australia. El día 16, en una reunión conjunta de ambas cámaras del Parlamento y ante la presencia de la primera ministra Julia Eillen Guillard, el presidente estadounidense pronunció un contradictorio discurso que siendo considerado la columna vertebral de su nueva política para la región Asia-Pacífico, arrojaba dudas respecto de la verdadera intención que emanaba de esas palabras. Después de una serie de apreciaciones sobre la región y el mundo que vistas 9 años después han mostrado cuán erróneas y desatinadas fueron, Obama se abocó a diseñar la futura estructura de la presencia de Estados Unidos en la región:

Aquí vemos el futuro. Como región de más rápido crecimiento del mundo, y hogar de más de la mitad de la economía mundial, Asia-Pacífico es fundamental para lograr mi máxima prioridad […] Como presidente, por lo tanto, tomé una decisión deliberada y estratégica: como nación del Pacífico, Estados Unidos desempeñará un papel más importante y a largo plazo en la configuración de esta región y su futuro, defendiendo los principios básicos y en estrecha asociación con nuestros aliados y amigos. […] Al considerar el futuro de nuestras fuerzas armadas, hemos comenzado una revisión que identificará nuestros intereses estratégicos más importantes y guiará nuestras prioridades y gastos de defensa durante la próxima década. Esto es lo que esta región debe saber. […] he ordenado a mi equipo de seguridad nacional que haga de nuestra presencia y misión en Asia-Pacífico una máxima prioridad. Como resultado, las reducciones en el gasto de defensa de Estados Unidos no se producirán, repito, no se producirán a expensas de Asia-Pacífico. […] Y fortaleceremos constantemente nuestras capacidades para satisfacer las necesidades del siglo XXI. Nuestros intereses perdurables en la región exigen nuestra presencia duradera en ella. Estados Unidos es una potencia del Pacífico y estamos aquí para quedarnos. […] De hecho, ya estamos modernizando la postura de defensa de Estados Unidos en Asia-Pacífico. Se distribuirá de manera más amplia, manteniendo nuestra sólida presencia en Japón y la península de Corea, al tiempo que mejora nuestra presencia en el sudeste asiático […] Vemos la presencia mejorada de Estados Unidos en la alianza que hemos fortalecido: en Japón, que sigue siendo una piedra angular de la seguridad regional. En Tailandia, donde nos asociamos para ayudar en casos de desastre. En Filipinas, donde estamos aumentando las visitas a los barcos y la capacitación. Y en Corea del Sur, donde nuestro compromiso con la seguridad de la República de Corea nunca flaqueará (Obama, 2011).

Pero, de la misma manera, en la misma alocución, pareciendo dar continuidad a la idea, expuso una perspectiva contradictoria sobre la proyección que daba a la relación con China y su mirada respecto del futuro inmediato sobre el asunto:

Mientras tanto, Estados Unidos continuará nuestro esfuerzo por construir una relación de cooperación con China. Todas nuestras naciones entre ellas Australia y Estados Unidos tienen un profundo interés en el surgimiento de una China pacífica y próspera. Por eso, Estados Unidos le da la bienvenida. Hemos visto que China puede ser un socio para reducir las tensiones en la península de Corea hasta prevenir la proliferación [de armas nucleares]. Y buscaremos más oportunidades de cooperación con Beijing, incluida una mayor comunicación entre nuestros ejércitos para promover el entendimiento y evitar errores de cálculo. Lo haremos, incluso mientras seguimos hablando con franqueza a Beijing sobre la importancia de defender las normas internacionales y respetar los derechos humanos universales del pueblo chino (Ibíd).

En este discurso y el que pronunciara dos días después en Bali, Indonesia, en el marco de su participación en la III Cumbre Asean-Estados Unidos, Obama redondeó los pilares de su política regional. A pesar que en su retórica no se advertía animosidad hacia China, lo cierto es que a partir de entonces Estados Unidos, sus fuerzas militares y en particular la Armada dieron un giro que tuvo como objetivo atizar los conflictos en el mar de la China Meridional, a partir de los diferendos limítrofes que China mantiene con Vietnam, Filipinas, Brunei y Malasia.

Con ese objetivo se propuso crear el denominado “Collar de Perlas” alrededor de China, tarea asignada en primer lugar al Pentágono a fin de aislar a Beijing de la posibilidad de contar con esa ruta de acceso para importar y producir energía. Esta zona, además de su importancia como ruta comercial, posee extraordinarias reservas de petróleo (que podrían llegar hasta 213 mil millones de barriles) y gas (hasta 2.000 TCF) (Global Security, 2016) sobre la que han puesto sus ojos las grandes trasnacionales del petróleo como Chevron y BP entre otras.

CON TRUMP EL CONFLICTO ADQUIERE NIVEL SUPERLATIVO

En 2011, mucho antes de incorporarse a la política activa, Donald Trump en un tweet, afirmó que China era el enemigo de Estados Unidos y que su objetivo era destruirlo. Asimismo, en una ocasión posterior aseguró que: “En el ámbito comercial, los chinos son unos tramposos”. Un año después, en 2012 comentó que: “El concepto de calentamiento global fue creado por y para los chinos para hacer que la manufactura de Estados Unidos no sea competitiva”. (Rodríguez, 2017). Aunque cuatro años después “confesó” que esto último había sido una broma, los antecedentes mencionados son expresión de una predisposición manifiesta en contra de China.

Yaen la campaña presidencial de 2016, Donald Trump comenzó a culpar a China de ser responsable del déficit comercial de Estados Unidos y del desempleo creciente debido a la fuga de las compañías estadounidenses hacia el país de Asia, prometiendo “mano dura” frente a Beijing, anunciando la imposición de un impuesto del 45 % a los productos procedentes de China.

Era evidente que los tempranos anuncios proteccionistas y nacionalistas de Trump estaban dirigidos contra China, a quien responsabilizaba de la globalización y de los problemas económicos y sociales de Estados Unidos, obviando que el problema se había generado a partir de la deslocalización de las empresas estadounidenses y su ubicación en países donde había menores costos de producción, lo cual les permitía maximizar el lucro. En el país, las grandes empresas también incrementaban sus ganancias exponencial simultáneamente con la disminución de los salarios. Al mismo tiempo, China mostraba una economía boyante con altos niveles de crecimiento que incluso le permitieron enfrentar exitosamente la crisis de 2008 e incluso hacer una contribución importante a que la misma fuera superada en el planeta.

En diciembre de 2016, en una entrevista para la revista Nueva Sociedad, el destacado economista peruano Óscar Ugarteche, director del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, conjeturaba lo que podría pasar, explicándolo de la forma siguiente:

El problema planteado por Trump no se vincula a la competencia por vender en el extranjero, sino por dejar de comprar dentro de Estados Unidos. Es más probable que coloquen un arancel significativo para frenar las exportaciones de China y México hacia Estados Unidos perjudicando en última instancia, a las empresas trasnacionales que son las que establecieron el outsourcing(externalización) y los mecanismos de comercio bilateral que acabaron en tratados bilaterales de libre comercio. Lo formidable es que el descenso de la productividad en Estados Unidos fue lo que llevó al outsourcing y que este, a su vez, requirió de aperturas comerciales para funcionar correctamente. Este proceso llevó a cambios institucionales con la creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1992. Sin embargo, al no resultar funcional por la pérdida de control por parte de Estados Unidos, se desarrolló un nuevo esquema basado en los acuerdos bilaterales como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN ) y los Tratados de Libre Comercio (TLCs). El remate es el Tratado Transpacífico (TPP) que constituye un acuerdo unilateral para beneficio, en primera instancia, de ellos mismos. Por lo tanto, lo importante será ver la reacción de las empresas multinacionales americanas (Ugarteche, 2016).

La tensión generada por Trump se hizo patente cuando, ya electo, conversó telefónicamente con la “presidenta” de Taiwán Tsai Ing-wen, quien se comunicó con él para felicitarlo por su victoria y trazar perspectivas de intercambio futuro en materia económica, política y de seguridad. Pocos días después, durante una entrevista para Fox News, Trump reflexionó acerca de la inutilidad de acatar la política de “una sola China” aceptada por Washington como condición para establecer relaciones con Beijing durante el gobierno de Jimmy Carter en 1979, ponderando que esa política no debía continuar si China no hacía concesiones comerciales (López Blanch, 2017).

La respuesta de Beijing no se hizo esperar. A través de su cancillería sugirió ponderación y mesura a Trump en relación a Taiwán y la política de “una sola China” a fin de no enturbiar los vínculos bilaterales.

El 13 de enero de 2017, una semana antes de la toma de posesión de Trump, China lanzó a través de una editorial del diario Global Times una nueva y más dura advertencia instando a Estados Unidos a detener su intervención en el Mar Meridional de China, haciendo saber que no dudaría en usar su arsenal atómico para defender sus reclamos territoriales y alertando de que si la diplomacia no funcionaba, ambos países deberían preparase para la guerra.  El artículo fue comprendido como una respuesta a la comparecencia del secretario de Estado designado Rex Tillerson ante el Senado, quien afirmó que Estados Unidos no toleraría acciones unilaterales en el Mar Meridional de China en una clara alusión a Beijing. (Contrapoder, 2017)

Otro diario oficial, China Daily, ironizó respecto de las palabras de Tillerson: “Es mejor no tomar en serio las declaraciones (de Tillerson) porque son una mezcla de inocencia, cortedad de miras, prejuicios y fantasías políticas no realistas”, agregando que la puesta en práctica de las ideas de Tillerson conducirían inevitable a la guerra entre los dos países.  Por su parte, el ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, le respondió a su futuro colega diciendo que “China no permitirá a nadie que embrolle el Mar de China Meridional y siembre el caos en Asia” (Página 12, 2017).

Estos sucesos que manifestaban una inusual “guerra de micrófonos” comenzaron a vislumbrar algunos de los escenarios que habrían de marcar la impronta de Trump en la más alta investidura del país.  En otra arista de la situación, en un video difundido en internet a mediados de ese mes, el nuevo presidente anunció que retiraría a Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés). Este tratado, que había sido firmado en febrero de 2016 por 12 países que representaban el 40% de la economía mundial, todavía no había sido ratificado por las partes. Según el mandatario electo, “[El TPP] es un desastre potencial para nuestro país”, notificando que Estados Unidos negociaría acuerdos comerciales de carácter bilateral que generarían empleos e industria en Estados Unidos otra vez (Gracie, 2016).

Este punto de vista cambiaba la ecuación de Obama en la aspiración de un mayor liderazgo estadounidense en Asia, toda vez que China había sido ex profeso sacada del tratado como forma de consolidación de la hegemonía de Estados Unidos en la región Asia-Pacífico. En ese sentido, el secretario de Defensa de la administración Obama, Ash Carter, llegó a decir que aprobar el TPP “sería estratégicamente más valioso que cualquier grupo de portaaviones de combate en el Pacífico”. (Bloomberg, 2017)  China, por su parte, describió el acuerdo como el instrumento económico de la estrategia geopolítica de Estados Unidos en su afán de control de la región (Gracie, 2016)

Trump firma la salida de EE.UU. del TPP.(Foto: The New York Times)

Trump vino a cambiar esta situación, en su campaña electoral prometió retirar a Estados Unidos de los tratados de libre comercio y de la globalización y se proponía cumplirlo. Mientras Trump se preparaba para abandonar el acuerdo, lo cual no fue bien visto en la región, sobre todo por los países firmantes, China observaba con atención el nuevo escenario que se estaba creado sin intentar competir con Estados Unidos, pero sabiendo que se iba a crear un vacío que podía ser llenado. Ante el probable cierre de Washington que se proponía adoptar una política proteccionista, China se dispuso a abrirse aún más, sobre todo a partir del proyecto de la nueva Ruta de la Seda y, con ese objetivo en mente, avanzó hacia la creación de instituciones financieras como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB por sus siglas en inglés).

Sin proponérselo, China se veía obligada a montarse sobre el juego suma cero que proponía Trump asumiendo el beneficio que le significaba la retirada de Estados Unidos con el agravante que entre sus aliados cundió el pánico y la incertidumbre al percibir que se acercaba un futuro no previsto tan solo unos meses atrás.

Era tal el nivel de retórica confrontativa que Trump estaba planteando que la periodista Margarita Rodríguez de la BBC publicó un artículo (Rodríguez, 2017) en la que intentaba sistematizar con detalles las razones por las que Donald Trump discurría que China era un enemigo de Estados Unidos. Son ellas:

  1. La pérdida de puestos de trabajo en Estados Unidos.
  2. Las exportaciones baratas de China que según Trump “violan” el comercio con Estados Unidos.
  3. La manipulación de divisas por parte de China, que es caracterizada como “la más grande en el mundo”.
  4. La deficitaria balanza comercial entre ambos países, claramente desfavorable para Estados Unidos.
  5. La influencia que ejerce sobre Trump las teorías comerciales de Peter Navarro[2].

Sin embargo, la confrontación que asomaba y que, —como se ha visto— comenzó a manifestarse ya en la campaña electoral, vino a tener un respiro en febrero. Desde Australia, donde realizaba una visita oficial, el canciller chino Wang Yi lanzó un mensaje positivo respecto del estado de las relaciones entre Estados Unidos y China, asegurando que siempre se han mantenido en ascenso y superando las dificultades. En esa comparecencia desde Canberra, Wang informó que los presidentes Trump y Xi habían sostenido una conversación telefónica muy positiva. Los dos mandatarios coincidieron en el buen estado de los vínculos bilaterales destacando que este lazo entre los dos países es el más importante del mundo. A pesar de la fuerte retórica anti-China lanzada desde Estados Unidos en fechas recientes, Wang resaltó los intereses convergentes que llevaron al comercio bilateral hasta los 500 mil millones de dólares en 2016 (Xinhua, 2017).

A tenor de las declaraciones del canciller chino, dos días después, el 10 de febrero, se dio a conocer un comunicado emitido por la Casa Blanca a través del cual se informaba que durante la conversación telefónica entre los presidentes Xi Jinping y Donald Trump este había aceptado apegarse a la política de “una sola China”. Además, ambos presidentes habían transmitido invitaciones recíprocas para que cada uno visite al otro país. La iniciativa había surgido de una carta de Trump dirigida a Xi en la que felicitaba al pueblo chino por el inicio del año nuevo, deseándole prosperidad y manifestando sus deseos de desarrollar una relación bilateral mutuamente constructiva basada en la opción ganar-ganar.

Este radical cambio solo puede entenderse a partir de la revisión por parte de la administración Trump de las cifras económicas que arrojaba el intercambio bilateral. El déficit comercial de Estados Unidos con China había llegado a 200 mil millones de dólares en 2016. En octubre de ese año, las exportaciones estadounidenses a China habían alcanzado su nivel más alto en los últimos tres años permitiendo que ese déficit se redujera al 4,25% mensual. Todo esto mostraba un amplio crecimiento desde el momento en que se establecieron las relaciones diplomáticas en 1979. No obstante, con la crisis económica y financiera iniciada en 2008 el comercio bilateral subía a un ritmo de 7% anual en los años más recientes generando un millón de empleos en Estados Unidos. Asimismo, el FMI estimaba que para el año 2019 la economía china sería 20% mayor que la de Estados Unidos (López Blanch, 2017).

Todos estos datos deben haber influido en la pragmática decisión de Trump de buscar un acercamiento con China que impulsara una permanente comunicación de alto nivel conducente a estimular la cooperación bilateral.   

No obstante lo anterior, un ambiente de incertidumbre comenzó a rodear la relación bilateral, dadas las contradictorias señales que emanaban desde Washington. La conversación entre los presidente del 10 de febrero no sirvió para apaciguar los aires de conflicto que soplaban en dirección al este. En un artículo publicado en Asia Times el investigador Richard A. Bitzinger, de la Universidad Tecnológica de Nanyang, en Singapur, opinaba que “en ambos países había voces que exponían esta posibilidad” (Bitzinger, 2017).

En el artículo, Bitzinger recordaba que en marzo de 2016 el jefe de estrategia de la Casa Blanca y consejero de Trump, Steve Bannon, afirmó de forma rotunda —cuando aún no tenía responsabilidades en la administración— que la guerra entre Beijing y Washington era ineludible en el Mar de la China Meridional en un plazo que iba de entre 5 a 10 años. Pero ahora su punto de vista cobraba mucho valor, toda vez que había asumido una alta responsabilidad muy cerca de Trump.  Como respuesta, el mismo 20 de enero, día de la asunción de Trump, el Ejército Popular de Liberación de China expuso a través de su página oficial que “una guerra dentro del mandato presidencial [de Trump] o una ‘guerra que estalle esta noche’ dejaron de ser solo eslóganes y empiezan a ser una realidad” (Bitzinger, 2017).

Al mismo tiempo que los presidentes conversaban a comienzos de febrero, la Armada de Estados Unidos desplegaba el grupo de ataque del portaaviones USS Carl Vinson y el destructor de misiles guiados USS Wayne E. Meyer en el Mar Meridional de China para llevar a cabo lo que denominó “operaciones de rutina”.  Además del rechazo inmediato de la cancillería que caracterizó dichas acciones como amenazantes y dañinas para la soberanía y la seguridad de la región, el periódico chino Global Times, citado por RT (2017a), publicó un fuerte artículo que señalaba que la actitud de China sería pacífica en la medida que Estados Unidos no realizara maniobras provocadoras en sus mares adyacentes, caso contrario, China se vería obligada a desplegar todo tipo de armas y combatientes en el área. 

El periódico se preguntaba si las acciones de la armada de Estados Unidos no eran expresión clara del intento de militarizar el Mar Meridional de China y si las declaraciones públicas del Ejército estadounidense no eran manifestación de una amenaza militar directa. Respondía que: “El mar de la China Meridional no es el Caribe”, y agregaba que esa región no era “un lugar para que Estados Unidos se comporte de manera imprudente. Los generales estadounidenses dijeron que están listos para luchar cuando sea necesario. El Ejército Popular de Liberación también está haciendo preparativos” (Ibíd).

Echando “más leña al fuego”, el portal mexicano ContraLínea publicó el 2 de febrero un artículo salido de la pluma de los analistas Theresa Richter, Jacinto Gómez Sántiz y Juan Ignacio Domínguez en el que se informa que China ha respondido a las amenazas estadounidenses tomando posiciones en su “frontera marítimo-energética” al “colarse sorpresivamente” en la licitación de campos petroleros en aguas profundas del Golfo de México, adquiriendo licencias hasta por 50 años para explotar la que es considerada la región de mayores reservas energéticas del país azteca. Sin embargo, las áreas adquiridas por China son calificadas como de poco valor comercial por lo que se concluye, que el “mal negocio” en realidad le permitió a China obtener una “una cabeza de playaen las puertas de Estados Unidos (Richter, Gómez Sántiz, & Domínguez, 2017).

En medio de esta trama, China se permitió conmemorar el 45 Aniversario de la firma del Comunicado de Shanghái firmado el 28 de febrero de 1972, al concluir la visita del presidente Richard Nixon a Beijing. Este documento estableció los principios para comenzar a normalizar las relaciones entre Estados Unidos y China que unido al Comunicado sobre el Establecimiento de las Relaciones Diplomáticas de 1978, y el Comunicado emitido el 17 de agosto 1982 mediante el cual  Estados Unidos manifestaba su voluntad  de reducir gradualmente las ventas de armas a Taiwán mientras que la República Popular China se comprometía a la búsqueda de una solución pacífica a este problema, constituyen los tres documentos guía para las relaciones bilaterales entre China y Estados Unidos.

La conmemoración de la fecha sirvió para que China valorara en grado superlativo la relación bilateral que alcanzaba para ese año un comercio superior a los 500 mil millones de dólares, al mismo tiempo que en 2016 la inversión china en Estados Unidos llegaba a 50 mil millones de dólares. Asimismo, se exponía que “diariamente 14.000 personas viajaron entre China y Estados Unidos, en vuelos que despegaban o aterrizaban cada 17 minutos” (Zhang, 2017).

No obstante, en el contexto China reaccionaba al escalamiento del cerco militar que se construía en su entorno. En este sentido, rechazaba la decisión de Estados Unidos de instalar el sistema antimisiles THAAD en Corea del Sur, alertando sobre “las consecuencias” que tal medida podría tener en las relaciones bilaterales con ambos países, responsabilizando de ello a Seúl y Washington. El gobierno coreano se apresuró a informar que se trataba de “una medida soberana y de auto defensa”, pero la cancillería china hizo patente su oposición, toda vez que consideraba que se estaba rompiendo el equilibrio en la región (RT, 2017b).

Ante esta situación y las constantes tensiones en los mares adyacentes a China, las autoridades del país creyeron necesario enviar un mensaje alto y claro. En el mes de mayo, durante una visita al cuartel general de la Armada, el presidente Xi Jinping hizo un llamado a construir una “fuerza poderosa y moderna” de apoyo al proyecto estratégico aprobado en el XVIII Congreso del Partido Comunista de China que propugnaba la realización del sueño chino de revitalización nacional para lo cual era básico contar con un instrumento estratégico como la fuerzas navales que garantizaran la seguridad nacional y el desarrollo del país, lo que hacía necesario construir una Armada “de clase mundial” (Xinhua, 2017b).

Presidente Xi Jinping en el XVIII Congreso del Partido Comunista de China.(Foto: Getty Images)

Estados Unidos acusó el impacto del discurso de Xi ante los altos mandos de la Armada. Un mes después de la visita del presidente chino a esa instancia, en una comparecencia ante el Comité de Servicios Armados de la Cámara de Representantes en la preparación del presupuesto del Departamento de Defensa para 2018 el secretario de Defensa de Estados Unidos, James Mattis, advirtió que Rusia y China están desafiando el “dominio militar norteamericano con sus avances tecnológicos” y “asaltando el orden internacional” (Sputnik, 2017a). Mattis alertaba acerca de una China “…en ascenso más confiada y asertiva que coloca el orden internacional bajo asalto”, lo cual significaba una amenaza para el dominio militar de Estados Unidos en tierra, mar y aire debido a sus grandes avances tecnológicos.

El Jefe del Pentágono aseguró que:

Nuestro dominio de los mares está amenazado por misiles de largo alcance, municiones guiadas terrestres, diseñadas para atacar a nuestros barcos desde distancias cada vez más largas. Nuestra superioridad submarina, incuestionable desde el final de la Guerra Fría, está siendo desafiada tanto por Rusia como por China (ibíd).

La alarma de la más alta autoridad militar estadounidense tomaba nota de la propuesta de firmar una hoja de ruta para el desarrollo de la cooperación en la esfera militar entre las dos potencias adversarias de Washington para los años 2017-2020, que el ministro de Defensa de Rusia, Serguéi Shoigú, hiciera a su homólogo chino, Chang Wanquan.

Los planes de desarrollo de China no se detenían, cada nuevo paso era percibido en Washington como una afrenta a su liderazgo y un cuestionamiento a su hegemonía planetaria. Los proyectos de China abarcaban cada vez mayores ámbitos de la economía, la ciencia y la tecnología. La Nueva Ruta de la Seda fue concebido como el programa más ambicioso jamás diseñado en materia de integración económica y comercial, orientado a crear un gran mercado euroasiático incorporando además a África y a América Latina en un momento posterior (RT, 2017c). Esto le ha valido el permanente rechazo de Estados Unidos. El secretario de Estado Mike Pompeo y el vicepresidente Mike Pence acusaron a Beijing de adelantar una política que conduce a los países a la “trampa de la deuda” que puede ser usada para evadir responsabilidades en materia de derechos humanos u obtener beneficios y apoyos en las disputas territoriales como las que existen en el Mar Meridional de China (Vidal Liy, 2018).

En otras áreas, los progresos chinos se vislumbraban asombrosos. Para el año 2030 se propuso convertirse en líder mundial en Inteligencia Artificial (IA). Estados Unidos lo consideró un reto a su hegemonía también en esta área. En julio de 2017, citando a Asia Times, Raúl Zibechi (2017) informaba que:

Entre 2012 y 2016, ese país invirtió 17.900 millones de dólares en IA, seguido a distancia por China, con 2.600 millones. Los demás países están a distancias siderales: Reino Unido invirtió 800 millones, Canadá 640 y Alemania 600 millones. Algo similar sucede en relación a las empresas dedicadas a la Inteligencia Artificial. Estados Unidos tiene algo más de 2.900 compañías, seguido por China, con 709. En ambos casos las diferencias son enormes y no será nada sencillo que las cifras se acerquen. Sin embargo, mientras China crece, EEUU decae. La inversión en investigación y desarrollo de las 1.000 mayores empresas estadounidenses es la más baja en 50 años y los gastos federales en ese rubro, en porcentaje del PIB, son los menores en cuatro décadas. El encuentro anual del Parlamento chino, en marzo pasado, fue el epicentro del viraje del dragón. Allí registró “un toque de clarín de parte de algunos de los líderes de negocios y tecnología más influyentes de China, para que el Gobierno establezca políticas para definir lo que consideran el Próximo Gran Asunto”, como denominan los negocios que promoverá la IA.

Dos meses más tarde, China incursionó en otra área sensible para Washington. Según un reporte del portal Sputnik, Beijing se estaba preparando para lanzar contratos de petróleo a futuro en yuanes con una posible conversión al oro, lo cual, según expertos, podría modificar sustancialmente las reglas del mercado petrolero permitiéndoles a los exportadores de materias primas comerciar en monedas distintas al dólar. China, como mayor importador de petróleo del mundo, enviaba un mensaje en el sentido de hacer contratos a futuro en su moneda con la posibilidad de convertirla en la nueva divisa de intercambio (Sputnik, 2017b).

Toda esta situación fue colmando el vaso de la paciencia del presidente Trump. Haciendo un equivocado análisis que lo llevó a suponer que el gigantesco déficit comercial de Estados Unidos con China tenía su causa en prácticas desleales y robo de patentes, obviando que desde la década de los 80 se comenzó a desmontar el aparato industrial de su país, se supeditó la economía productiva a la especulativa, se deslocalizaron empresas estadounidenses por todo el mundo en búsqueda de mejores condiciones para maximizar ganancias y se produjo un bajo crecimiento económico que transformó la economía en una burbuja difícil de sostener, sobre todo con el enorme gasto militar que significa mantener más de 800 bases militares, 150 mil soldados y seis flotas navales fuera de su territorio, Trump se propuso enfrentar a China en una confrontación de dimensiones superiores.

Observaba que su proyecto de “Hacer a Estados Unidos grande de nuevo” se estaba esfumando mientras su visión empresarial le indicaba que debía golpear donde creía tener mayor poder, mientras apostaba a la debilidad de su competencia. En esas condiciones, ordenó a sus asesores preparar un golpe ante el cual ―según él― China no tendría capacidad de respuesta. Durante un mes, con fundamento en la sección 301 de la Ley de Comercio de 1974, Trump rescató la autoridad del Representante Comercial de Estados Unidos para investigar y responder, bajo su dirección, a lo que consideraba prácticas comerciales desleales de China.

En 22 de marzo de 2018, el presidente Trump firmó un memorando presidencial para imponer aranceles y mayores restricciones a los productos e inversiones chinas, lo que según su plan harían de Estados Unidos “una nación más fuerte y más rica”. Las nuevas medidas imponían aranceles sobre 50 mil millones de dólares en productos chinos, limitando además las facultades de este país para invertir en la industria tecnológica estadounidense. Trump afirmó que esta decisión se tomó para dar respuesta a China que “obligaba a las empresas de Estados Unidos a ceder sus secretos comerciales, si querían hacer negocios con ese país” (Voz de América, 2018). Así dio inicio a la mal llamada “guerra comercial”.

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REFERENCIAS
1 Se refería a la Unión Soviética
2 Navarro es un economista que ha destacado por sus destempladas críticas contra China. Fue designado por Trump como su asistente y director del recién creado Consejo Nacional de Comercio de la Casa Blanca, cargo en el que estuvo solo tres meses, cuando fue nombrado Director de la Oficina de Política Comercial y de Fabricación, un nuevo rol establecido por orden ejecutiva en abril de 2017. Navarro es un furibundo nacionalista y enemigo de la globalización y sus instituciones.

FUENTE: Artículo del Profesor Sergio Rodrìguez Gelfenstein, tomado del portal del Instituto Samuel Robinson.

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